Réquiem por los dispositivos olvidados |
Laura Reinking |
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| 18 de marzo. Querido diario, tengo noticias de que cunde una plaga de indiferencia. Como prueba de ello, doy un indicador asombroso: en el breve periodo de seis meses, y tan sólo en Chicago (aunque también sucede en Copenhague, Helsinki, Londres, Munich, Oslo, París o Estocolmo), más de 85,000 celulares fueron abandonados en taxis. La misma suerte corrieron 21,000 agendas electrónicas. El fenómeno se extiende incluso a las reinas de esta Era de la Información: 4,500 lap tops olvidadas en un semestre. |
| Mi amigo Rafael Mondragón y yo especulamos sobre las posibles raíces de ese olvido: “¿Acaso sus dueños anhelaban un poco de silencio en esta vida estridente? ¿Deseaban deshacerse --de forma subconsciente, desde luego-- de sus conversaciones, de sus contactos, de su información? ¿Estaban ejerciendo un tímido desprendimiento de los afanes de este mundo?” |
| Rafael narra una anécdota oriental para abrir la discusión sobre este asunto. Cuenta que al pedir uno de los discípulos de Ikkyu a ese gran maestro zen del siglo 15 que escribiera una máxima de suprema sabiduría, éste tomó el pincel y escribió la palabra “Atención”. La respuesta no pareció muy impresionante al estudiante, quien preguntó: ´¿Eso es todo?’... Ikkyu entonces escribió dos palabras: “Atención. Atención”. |
| “Una distracción prevaleciente es la causa probable de tantos dispositivos olvidados”, concluye Rafael. “Ellos son prueba de que no prestamos la atención debida a nuestra vida y sus detalles, y esa negligencia cotidiana ensucia nuestras acciones como si fuera polvo. Finalmente, se acumula en todos los rincones de nuestro pensamiento hasta que éste se vuelve un basurero. Así, empezamos por perder el celular y acabamos por olvidar el sentido de nuestra vida en el asiento trasero de un taxi”. |
| “Lo más grave”, añado, “es que muchos sufrimos esa distracción en medio de la abundancia. De acuerdo con el Banco Mundial, ocho millones de personas mueren cada año porque son demasiado pobres para mantenerse con vida; es decir, el día de hoy están muriendo estadísticamente más de 21,000 de pobreza extrema. Mientras una sexta parte de la humanidad trata de sobrevivir con menos de un dólar diario, nosotros, que platicamos en este agradable café con la tranquilidad de poder pagar la cuenta, que tenemos a la mano un exceso de alimentos, libros, películas, teléfonos, música, chocolate, familia, trabajo, computadora, mascotas, información y amigos, solemos dar todo ello por hecho. Para colmo, hay incluso personas quienes --aun rodeadas de tanta riqueza-- se quejan de que su vida carece de sentido, y lo buscan en libros de auto-ayuda”. |
| Abro el periódico y señalo una nota. “Por otra parte, hay quienes no tienen tiempo de meditar largamente sobre el sentido de su vida, simplemente lo tienen. Por ejemplo, Nganga Maruge realizó la considerable inversión de $14 dólares (suma altísima para ese habitante de un pueblo en Kenya) para comprar el uniforme escolar, e ingresó al primer grado de primaria a los 85 años de edad”. |
| Rafael, por su parte, opina que hay incluso quienes viven con demasiada estrechez de miras, y recuerda como ejemplo el reciente obituario de Robert Kearns, fallecido este pasado 9 de febrero. “En 1967, Kearns patentó los limpadores intermitentes, y cuando la empresa Ford introdujo modelos con aquel sistema en 1978, interpuso una demanda por violación de derechos. La corte concedió la victoria a Kearns, y le adjudicó $10 millones de dólares en 1990. Cinco años más tarde, recibió de Chrysler $21 millones más por concepto de regalías”. |
| Rafael y yo reflexionamos que muchos tomaríamos ese dinero para resolver con todo lujo la vida de familiares y amigos; viajaríamos, estudiaríamos, pondríamos una empresa o nos dedicaríamos a ayudar al prójimo (pagaríamos, con gusto, el uniforme escolar de Nganga Maruge), iríamos tal vez a una playa a leer best sellers tendidos en una hamaca. Kearns no. Insatisfecho con el dictámen de la corte --que permitió a la empresa seguir fabricando autos con limpiadores intermitentes--, lejos de gozar ese dinero lo dejó intacto muchos años. Reinvirtió gran parte de aquella suma en seguir luchando inútilmente contra otras 20 armadoras (las cuales utilizaban su sistema) hasta que le dio la enfermedad de Alzheimer durante sus últimos años. |
| Kearns murió de cáncer (y quizá de tanta rabia contenida). Fue enterrado un día de llovizna, y los autos del cortejo fúnebre prendieron, cínicamente, sus limpiadores intermintentes. Esta próxima temporada de lluvias, cuando utilicemos esa función de nuestro coche, evoquemos a Kearns como advertencia de que así como no debemos descuidar nuestros dispositivos, tampoco debemos hacerlos el ruidoso centro de nuestra vida. |
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