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El terrible encuentro con la tsantsa

 
10 de noviembre. Querido diario, mi amiga Veronique sacude de vez en cuando la cabeza mientras platicamos. Lo hace para cerciorarse de que su cerebro no ha encogido y se mueve por ello holgadamente dentro de su cráneo. Vero suele hacer esto desde que leyó en el periódico cómo a David Mitchell, un estadounidense de cincuenta años, se le está reduciendo sólo el lado izquierdo del cerebro desde hace una década. Los neurólogos (más de 15 lo han examinado) están perplejos, ya que no se debe, por ejemplo, a la enfermedad de Alzheimer o a la esclerosis múltiple, pues afectarían a ambas mitades. Entre otros síntomas, David puede ver una película varias veces ya que nunca recuerda el final; ha olvidado muchas palabras; sufre terribles migrañas.
Vero, siempre hipocondríaca, siente que la vida y su desacompasado ritmo le están haciendo a su cerebro lo que al de David Mitchell. Cree que las horas sufridas en el tráfico o frente a la televisión, aunadas a la angustia que le produce su trabajo, la sobresaturación y ubicuidad de la información, la proliferación de armas nucleares, el hambre en México o en Sudán, la situación del Medio Oriente, el estado de la economía y de sus finanzas personales, incluso el hecho en apariencia intrascendente de que unos cazadores hayan matado a la última osa que vivía en los Pirineos, hacen que cada vez piense menos y con mayor torpeza.
Para colmo, en un viaje que agravó sus ansiedades, mi amiga visitó recientemente en Londres el Museo Británico y encontró ahí, con horror, su primera tsantsa: La cabeza de un hombre, reducida a un tercio de su tamaño original por el temido clan Shuar de la tribu de los jívaros, medía lo mismo que un puño, y tenía la boca y los ojos cosidos. Por si yo no lo supiera, mi amiga explica cómo este belicoso clan del Amazonas, después de cortar la cabeza de sus enemigos, le arrancaban la piel de la cara, echaban el cráneo y el cerebro al río en honor de la anaconda, y después de hervir un par de horas los restos en agua con moras para encogerla, la pulían con piedras calientes y la ahumaban. Prudentemente, antes le cosían los ojos y la boca para paralizar el espíritu del sacrificado y evitar que éste buscara venganza.
Vero me ahorra mayores detalles sobre este curioso procedimiento, y concluye al decir que al atardecer toda la tribu bailaba una danza para matar el alma del decapitado. Desde luego, Vero siente que, como los shuar (quienes por su increíble crueldad nuca fueron conquistados por los españoles a pesar de habitar una de las regiones más ricas en oro de Sudamérica), sus preocupaciones le reducen la cabeza y le matan el alma.
Como siempre, trato de consolarla. Le compro incienso y un cojín para que se siente a meditar. Preparamos té verde mientras le cuento el caso de Kim Peek, quien, al igual que David Mitchell, también es un hombre cincuentón del estado de Utha, en Estados Unidos. Pero, a diferencia del cerebro de Mitchell, con los años el de Peek parece aumentar su capacidad en sus áreas de especialidad, que son más de 15: es genio en historia, literatura, música, números y fechas, entre otros temas. Incluso ha memorizado más de 9,000 libros (entre los que se encuentran algunos directorios telefónicos).
También a diferencia del caso de Mitchell, los médicos sí parecen haber encontrado a qué se deben las extraordinarias habilidades (y limitaciones, pues es autista) de Peek, en quien se basó la película Rain Man. Su cerebro no está dividido en dos mitades, sino que forma una sola y generosa área donde almacena la información. Digamos que se trata de excelente ejemplo de trabajo neuronal en equipo.
Ya más animadas con el té verde, Vero y yo concluimos que a pesar de los metafóricos jívaros modernos podemos hacer de nuestro cerebro --y de la actividad química y eléctrica que nos determina-- el escenario donde se desarrolle nuestra mejor persona, dentro de los parámetros de la verdad, la bondad y la belleza.
 
 
 
 
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