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Columna: Crónicas de una vida Digital Gnothi se auton

Laura Reinking

 
Dado que estamos condenados a vivir con nosotros mismos todo el tiempo, quizá las palabras más sabias que haya oído sean “gnothi se auton”, que en griego quieren decir “conócete a ti mismo”. Recuerdo que mis compañeros de preparatoria no se emocionaron ni tantito cuando el maestro de filosofía explicó que éstas se encontraban escritas a la entrada del oráculo del dios Apolo, en Delfos. Estaban mucho más interesados en planear cómo se robaban las preguntas del examen final del portafolio del profesor que en escuchar cómo, de acuerdo a la leyenda, el templo se ubicaba en el justo centro u ombligo (“omphalos”) del mundo, en la ladera sur del monte Parnaso, donde vivían los dioses.
Impresionada por aquella frase grabada a la entrada del recinto más sagrado del templo donde aquel dios hablaba a través de una sacerdotisa (quien, sentada en un banco de tres patas, había previamente inhalado lo que seguramente eran sustancias intoxicantes), desde entonces sigo tratando, sin gran éxito, de cumplir aquel imperativo: ΓΝΩΘΙ ΣΕΑΥΤΟΝ.
Por ello, debo confesar que me dio envidia ver durante esta olimpíada cómo los atletas vencedores recibían sus medallas. Me puso verde no su ejecución impecable ni su excelente condición física. Mi envidia fue más bien filosófica... Ellos ya no tienen que preocuparse demasiado por conocerse a sí mismos, pues tienen ya una identidad bien definida: son medalla de oro/plata/bronce en tal o cual disciplina, y es un hecho medido e incontrovertible (salvo por alguno que otro error de los árbitros) que todo el mundo reconoce. Por ejemplo, Tonique Williams es madallista de oro al correr 400 metros en 49.41 segundos; Ana Guevara, plata, por haber llegado a la meta poco más de una décima de segundo después. Ya condecoradas, pueden respirar a gusto pues su vida valió la pena y se encuentra plenamente justificada.
No obstante hay quienes, como yo, no hemos visitado ni en siete ocasiones un gimnasio y, sin la más remota esperanza de ganar una medalla olímpica (o el premio Nobel, o el Pulitzer, o un Grammy, o un Oscar) que defina y explique nuestra vida, no tenemos idea de quiénes somos en verdad, cuáles nuestras virtudes --si tenemos-- y, ciertamente en mi caso, muchos defectos (los griegos dirían “harmartia”, o falla trágica). Así, ¿nos es posible siquiera atisbar nuestra naturaleza? ¿Existe algún atributo que claramente nos caracterice? ¿Cómo podemos reconocernos en medio de nuestra constante transformación, y vernos más allá de nuestras circunstancias? ¿Por qué y a quién amamos, si acaso amamos?
Al ver mi depresión, mi amiga Veronique me recomienda que mejor juegue a la vida, y en vez de hundirme en la introspección compre “The Sims 2”, un ciberjuego en el que una serie de personajes “viven” una existencia digital. Pero, aun para los Sims (apócope de “simulados”), la vida no es sencilla. En la versión original bastaba con satisfacer sus necesidades básicas: por ejemplo, sólo había que mantenerlos alimentados, bañados, con una carrera y posesiones para que estuvieran contentos. La nueva versión, que sale a la venta este 17 de septiembre, es más sutil y compleja. Como sucede en la vida real, ahora debemos ayudar a estos seres virtuales a alcanzar mayores aspiraciones: riqueza, amor, fama, popularidad, una familia... Hasta que inevitablemente --como nosotros-- mueren.
Los griegos llamaban “anagnorisis” al momento cuando descubrimos una verdad profunda sobre nuestra identidad o acciones; ese momento luminoso cuando alguien por fin se reconoce. De manera un poco más pedestre, quienes somos hijos de los años sesenta solemos decir “ya me cayó el veinte” para significar que finalmente hemos comprendido algo. Nos referimos a ese momento tan especial cuando la moneda de 20 centavos de entonces (del tamaño de una moneda de 10 pesos de hoy) que habíamos puesto en la ranura de la alcancía del teléfono público caía y se establecía la comunicación. Hoy, en esta época que se vuelve minuto a minuto cada vez más móvil, digital y virtual, aquella expresión está siendo sustituida por: “ya agarré red”, es decir, ese momento tan especial cuando nuestras laptops, en un “hot spot”, se conectan con éxito al Wi-Fi.
 
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